¿El amor vuelve?, de Annais

Only women bleed

Todos los veranos le pasaba lo mismo. Cuando tenía tiempo libre, su cuerpo y su alma le recordaban que no sabía lo que era sentirse una mujer amada. Su padre la había ignorado, su marido la había convencido de que el amor no existía y la mayoría de sus amantes, distantes y esquivos, habían estado más preocupados por jugar a James Bond que por amarla. Harta de esperar las atenciones, los mimos, las miradas apasionadas de las que solían hablarle otras mujeres con mejor suerte, cansada de desear que los oídos se le enrojecieran de palabras bonitas, se metió en internet en encuentros.com como le aconsejaron y escribió: “Busco un hombre sensible, que guste de los placeres de la vida y del arte. Hombres que no sepan llorar de amor abstenerse de escribir. Estoy aburridísima de hombres mediocres. Ofrezco la ternura de toda una vida”.

Se rió de la ocurrencia. Ella no necesitaba de la tecnología para conocer a un hombre. Era de las mujeres que no buscaba y cada tanto descubría una mirada, un gesto, una voz, que le interesaban. Los cruzaba en la facultad, en la calle, en alguno de esos cursitos que hacía para mantenerse despierta y al rato no más ya sabía si el sujeto era de amar o no.  Los clasificaba en segundos. Rojo. Amarillo. Verde. Los rojos eran su perdición, por ellos había terminado sus estudios tarde, se había casado tarde, sobre todo por esperarlos. Vivían de ella como parásitos. Aunque la metáfora no resulte nada sensual, era cierto. Esos hombres se volvían más seductores e inteligentes con su pensamiento.  Crecían con ella y en ella vaya a saber por qué. Por eso, cuando los reconocía, sobre todo si era enero, por lo general, viraba a la derecha y huía solo para  cruzarlos más adelante, cuando estuviera preparada.  Pero este verano tenía ganas de jugar y  no corría riesgo alguno, no habría miradas, no habría voces, no habría gestos. Después de todo, solo se trataba de escribir un cuento para una amiga irremediable que quería publicarlo en un blog.

Sabía por experiencia ajena que una o dos respuestas por semana eran un buen promedio para ese tipo de anuncios. Sus amigas, de edades, profesiones e intereses diferentes, alimentaban su estadística y le permitían calcular una serie de probabilidades. Cualquier mensaje, bueno o malo, podía generar una veintena de respuestas. Con audacia y dedicación, a partir de los mails, solían concretarse aproximadamente cinco citas; de las cuales,  una terminaría en sexo fallido y la otra sería descartada por figura amenazante u ocupación dudosa. Solo tres serían hombres “disponibles”. Y de esos, solo uno estaría “dispuesto”  a ofrecer eso que ella, la protagonista de su cuento, como la bruja del bosque, tanto deseaba: el corazón del otro. Cuando al día siguiente recibió más de una veintena de mensajes pensó que era muy buena escritora o algo en ese juego que había inventado para estimular su escritura no andaba bien. Dos incluían respuestas previsibles.  “Pájaros del mismo plumaje vuelan juntos”, le contestó uno. “A mujeres mediocres, hombres mediocres”, sostuvo otro afectado también por el discurso. Un tercero la retrucó con sarcasmo: “¿Desde cuándo los hombres mediocres no lloran?”. Los diecisiete restantes le hablaban de amor.

Mientras escuchaba J’ai deux amours bajo la entreluz de la parra y miraba el fuego que había encendido, se le ocurrió que todos esos hombres mentían o lo hacían aquellos que apostaban más al deseo que al amor.  Inmediatamente se corrigió,  las generalizaciones le resultaban groseras. Luego sabiendo que a su naturaleza emotiva los silogismos no le iban bien y que le sería difícil deducir cuál de aquellas respuestas podía ser la del hombre que buscaba, se sirvió un poco de vino y se puso a pensar qué les contestaría. Pensó en la prueba del teléfono. Aunque no quería volver a escuchar otra voz, como test, era bueno… No admitiría a nadie que no fuera capaz de darle un número de línea o de llamarla a su casa.  Su personaje no podía ser un tibio. La protagonista de su relato era una mujer cuidadosa pero intensa que necesitaba agua, “mucha agua”.

“Estás rara”,  le dijo su sobrina menor mientras pasaba la sandía hacia el otro lado de la mesa, y la escritora sonrió. “Sugestiva…diría yo…”, corrigió la mayor y pensó que aquellas muchachas que adoraba jamás la conocerían verdaderamente. A lo largo de su vida recordarían las charlas del verano con la tía, sus anécdotas, pero no sabrían quién era ella, por qué lloraba, qué la emocionaba, por qué escribía realmente, cuál era esa sensación interior que la llevaba a acariciar los libros y a amar a los hombres a pesar del dolor.  Esa imposibilidad de ver, de conocer, de ser, en el fondo, la afligía tanto o más que el desamor.  Se sentía como una sirena atrapada en un frasco de mermelada a la que nadie podía contemplar.

Después de cenar, durante media hora pensó el mail que iba a enviar.  No quería parecer una intrusa ni una maniática. Eligió las palabras una por una y cuando sintió que estaba bien cliqueó y lo vio desaparecer. Como calculó, tardaron unos días en contestarle. De los veinte, cinco le enviaron un teléfono y solo uno la llamó directamente después del mediodía.  “Me agrada su voz”, fue lo primero que él le dijo. “Un tanto desentonada pero clara. Pero más me gusta su modo de decir las cosas”, insistió él. Intercambiaron dos o tres frases y él le pidió seguir la conversación en el chat porque tenía asuntos pendientes. Ella le dijo que no chateaba, que no tenía ni msn, ni feisbuc, ni nada de nada; que solo le interesaban las comunicaciones que no le generaran dependencias.  Al rato él le envió un mail y el semáforo se le encendió. A lo Strasberg, se dijo que tenía que evitar confundir a la escritora con el personaje y cerró los ojos. No era de las mujeres que buscaban sufrimiento. La vida era placer o no era. También aprendizaje ­–no tenía dudas-  pero gozoso. Para eso le habían puesto la luna en géminis, el sol en acuario y regalado la venus más juguetona del zodíaco.

Leyó el mensaje. Lo que le escribía era tan viejo como Homero pero ahora que todos leían a Murakami parecía nuevo.  Años de filosofía oriental y de sincretismo new age no habían podido borrar la atracción por el fatum y la arethé.  “La felicidad es un bien tangible, ¿usted cree que alcanza para todos?”, le preguntó su personaje en una letra a tamaño 16. “¿Tangible? ¿Material?… No lo había pensado… Si es así, con más razón, reclamo mi frutilla de la torta”, le contestó ella. “Tengo tanto derecho como el resto en el reparto”. “Me encanta su arrogancia”, le dijo él, “pero si todos peleamos por la misma “frutita” moriremos en el intento. Alguien tiene que dirigir el tráfico. Deje que el destino elija su parte, confíe en él, es más justo y más inteligente, a cada uno le da lo que corresponde en el momento apropiado”, dijo repitiendo al japonés. “Usted me causa risa”, escribió y le devolvió el mensaje con palabras de un poeta menos sacro: “El destino del que habla me ha hecho comer muchas manzanas que no he querido”.  El siguiente mensaje tardó en llegar: “Oiga… ya sé que usted no cree que los hombres tenemos corazón pero, ‘si se anima’, se lo hago sentir”. “Ja, ja. ¿No diga?”, le contestó ella, justo cuando su marido le decía entre risas que estaban dando su película preferida (ya no sabía cuál, si Casablanca, que la había visto 88 veces, Nuestros años felices, 60 o Sabrina, 45). Al rato sonó el teléfono: “Yo también quiero que se muera por mí. Pero no sé llorar…  y creo profundamente que el amor es un valor en alza, aunque sea pasajero. Sin fuego los besos no son besos”, le dijo y  le cortó.

Dos días después, no supo bien cómo,  estaba en El Soberbio. Allí había vivido su adolescencia, trabajando para la comunidad de migrantes. Ni bien el camión de la gendarmería comenzó a arañar las curvas verdes de la sierra vio sobre el horizonte dos manchas que palpitaban, la escuela y la iglesia que había ayudado a levantar. “Nunca debí irme de aquí”, pensó ahora que volvía para hablar con aquel cura  con el que casi de niños había hecho el amor por primera vez. Él sí que la conocía. A su lado la vida le parecía clara, luminosa, un oasis en su experiencia desolada. Él la había enviado a la ciudad y le había vaticinado que la literatura  guardaba un tesoro para ella. “¿Por qué me fui?”, se  dijo y volvió a sentir ese dolor en el pecho que le humedecía los ojos. No sabía si lo que le había hecho tanto mal era la conversación de aquel hombre, la risa de su esposo en medio de la noche o no saber cómo terminaba su cuento.


3 comentarios to “¿El amor vuelve?, de Annais”

  1. Me gustan los personajes femeninos que saben dónde buscar sufrimiento en sus tiempos libres. Espero la próxima ironía del encuentro virtual.

  2. Coincido con tu comentario… también espero lo que sigue…!!

  3. Me encantó el planteo de lo autorreferencial. La complicación que genera la confusión personaje-escritora, en la escritora personaje y en el lector.
    Muy bueno. deliciosa la ironía.

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