Bajo el último jacarandá, versión final

BAJO EL ÚLTIMO JACARANDÁ

One love. One blood. One life.

U2

Se creyeron felices. En aquellos días y sobre todo en aquellas noches, Hilario y María Paula se creyeron felices. Todas las tardes, sin excepción al caer de cada tarde, se encontraban en la puerta del Parque Municipal para, según decían y se prometían, desagraviar a la rutina. El mismo hombre, la misma mujer y, sin embargo, siempre distinto y siempre distinta. Una mano sobre la otra, una mano en la otra, caminaban tomados de la mano y, de cara al último sol y en busca del último jacarandá, andaban y desandaban el sendero de grava. Bajo las sombras que, a esa hora, se prolongaban y huían hasta perderse en la noche, sus cuerpos se enredaban, se confundían y les daban vida a las figuras más extrañas.

Los domingos se parecían a los sábados y los sábados se parecían a los viernes. Para ellos el tiempo corría por una calle paralela al sendero de jacarandaes, por una calle que ellos jamás transitarían.  Sin embargo, algo inesperado ocurrió, un viernes no se pareció a un jueves. Cuando una vez más, el sol se caía del cielo y dibujaba una delgada línea roja en el horizonte, el primer jueves de enero, Hilario no estuvo en la puerta del Parque Municipal. María Paula encendió un cigarrillo y, sentada en uno de los bancos de plaza, el de la izquierda, que había a cada uno de los costados de la puerta, esperó a Hilario mientras observaba sin mayor interés el paso de los vecinos. Todo marchaba perfectamente: el sabor del Lucky en su boca, el calor del verano y la ropa liviana. Pero llegó la policía: tres patrulleros -dos autos y una camioneta- entraron raudamente al parque.

Pasaron frente a la puerta, buscaron el sendero de jacarandaes y se perdieron por el fondo. Cuando María Paula llegó al lugar, una cinta de precaución trazaba un cuadrilátero. El último jacarandá se destacaba en su vértice occidental. María Paula no miró los restantes porque el cuerpo ensangrentado de una mujer convocó toda su atención. Las imágenes la cautivaron y, sin vergüenza, lamentó no haber llevado su cámara. El cuerpo de la mujer yacía boca arriba: el pelo negro y lacio le cruzaba la cara; los labios gruesos parecían morder el pelo y beber la sangre que se desprendía de su nariz chata; una blusa salmón, hecha harapos, le cubría a tientas el torso; los brazos abiertos, con las palmas de la mano hacia el cielo, todavía reclamaban piedad; las piernas también abiertas, largas, morenas e impúdicas hablaban de una pelea desigual y de una derrota. Una india; habían asesinado a una india, eso era todo. Temible y atractivo a la vez, como una india.

La noticia llegó a El Gran Café un día después. Todos estábamos sentados a la mesa, menos uno. Como para contrarrestar el calor, la cerveza abundaba. Daniel corría por todo el salón, de una mesa a otra, pero nunca dejaba nuestra charla sin sustento espiritual. El Ruso desbordaba de alegría, decía que los Reyes Magos habían pasado por su casa y le habían dejado un Oveja Negra cosecha 2004, criado en barricas de Roble Francés, decía que Papá Noel o Santa Claus, o como puta se llamara ese viejo borracho, era un invento yanqui para conquistar el mundo, como los gordos que comen pochoclo en el cine –que, dicho sea de paso, ya se adueñaron del mundo-, pero los Reyes, los verdaderos Reyes Magos, eran bien argentinos. En ese momento intervino el Gordo Emilio, que quiso disimular su resentimiento con un comentario cargado de ideología: “Pero vos te pensás que los yanquis son boludos. Mirá que le van a hacer propagando a los comunistas con un viejo que regala juguetes vestido de rojo”. Hubo un silencio de admiración o de piedad. Después el Ruso insistió con su posición, nos preguntó qué le habíamos pedido y organizó la cosa: cada integrante de la mesa debía ponerse de pie, levantar su vaso y exponer públicamente su demanda. Empezó el Flaco Andrés que, tras exagerar su borrachera, se puso de pie y declaró: “Yo, como pidió Carlitos Marx, les escribí en mi carta, unid  a las morochas del mundo”; luego se sentó quien, tal vez, no había exagerado su borrachera. El Gordo Emilio, rebelde o pesado y demasiado sensible, desde su asiento, elevó su vaso y pidió por el regreso del amigo Hilario. Entonces, el Ruso golpeó la mesa con su mano derecha abierta, algunos vasos derramaron cerveza, y protestó: “Ves, la puta madre, no se puede invitar a un gordo que fue monaguillo porque te caga la noche.” Desde luego, el juego concluyó en ese mismo instante.

A decir verdad, nos habíamos acostumbrado; desde la primavera Hilario aparecía poco y nada por El Gran Café. Ninguno lo nombraba y así disimulábamos su ausencia. Un silencio bastante efectivo por lo demás. Bastante efectivo hasta que el Gordo Emilio les pidió a los Reyes que lo devuelvan. De cualquier forma seguimos adelante; esa noche agobiante nos depararía una sorpresa y lo presentíamos. El Gran Café parecía la platea colmada de un cine: todas las mesas estaban ocupadas y todos los clientes estaban entretenidos en conversaciones que no le importaban a nadie porque, en realidad, estaban esperando el rugido del león de la Metro Goldwyn Mayer que, por la hora -las dos de la mañana-, debió haber salido de putas con otras fieras y por otros bares. Hasta que llegó un oficial de la policía -con cara de oficial de la policía-, no era precisamente Humphrey Bogart representando a Samuel Spade pero, un poco por compasión y otro poco para matizar la noche, le prestamos atención. Caminó hasta la barra y se encaró directamente con Daniel. Sostuvieron un diálogo corto y preciso. Andaban buscando a Hilario Díaz, una mujer había sido asesinada en el Parque Municipal, una mujer que, meses atrás, había sido vista en sus brazos. Daniel no se conmovió, entre vivas y muertas, había perdido la cuenta de las mujeres que pasaron por los brazos y las manos de Hilario. “Además -le dijo al oficial- desde que empezó la primavera, Hilario viene poco por acá y, la verdad, café vendemos igual.” El oficial dirigió su mirada hacia nuestra mesa y, al parecer, consideró que nuestra colaboración sería, incluso, menos importante que la de Daniel. Dio media vuelta y salió a la calle. Inmediatamente, Daniel acercó una silla y dos cervezas a nuestra mesa y nos contó la pre-historia.

¿María Inés se llamaba la india? La verdad, la verdad, todos le decíamos la india por sus rasgos: tez trigueña, labios gruesos, pelo negro y lacio, ojos grandes y también negros. María Juana, como se habría llamado, no tenía una ascendencia muy clara. Pero en El Gran Café, en tantas tardes de aburrimiento, le habíamos, cómo se diría, plantado un árbol genealógico y también, nobleza obliga, se lo habíamos podado a nuestro gusto. Así que María Emilia descendía, según nuestras fuentes (cuyas identidades, desde luego, no podemos revelar) del último cacique ranquel, cuyo nombre tampoco podemos revelar, que caminó por estas pampas que, con el devenir de los años, serían tan generosas con algunas familias. Lo cierto es que la India María (como definitivamente la bautizamos), la difunta, había cautivado a los hombres más ilustres de nuestra ciudad. A fines de los noventa, un jurado de notables la había elegido reina de la primavera, ante el horror de las damas distinguidas de nuestra ciudad que declararon, en aquella noche plebeya, que la decadencia de la humanidad no era sólo ética sino, y, fundamentalmente, estética –esas damas, capaces de señalar con un dedo la frontera entre la ética y la estética. Después, algunos años después, los vimos juntos, a Hilario y a la India María en un romance que sorprendió a muy pocos.

Porque en aquellos días, los días de aquel romance, Hilario buscaba, según le escuchábamos decir, nuevas experiencias, que lo alejaran de la belleza producida en serie. “El fordismo -aseguraba después del primer vaso- nos está dejando sin laburo y, lo que es mucho peor, sin mujeres genuinas.” Sobre las mujeres genuinas, o de verdad, como también las llamamos, habíamos hablado demasiado, sin que hubiésemos llegado –como fatalmente nos ocurría- a ninguna conclusión. Se trataría, en resumen, de mujeres, aunque en este caso resulta necesario hablar en singular –justamente, para evitar el fordismo estético-, se trataría –corrijo- de una mujer con dos o tres rasgos –no más- que la separaran –digamos- de un aviso televisivo de cerveza Quilmes. A veces -para recordar casos concretos-, se trataba de una nariz chata o de un ojo apenas extraviado o de un lunar creciente en la mejilla izquierda. La India María, a fuerza de ser sinceros, tenía más de tres rasgos que le habían cerrado las puertas de las agencias de publicidad de nuestra ciudad pero también -y es justo que lo diga- una expresión muy particular: fragmentada y diversa al mismo tiempo: expresión de la libertad en su pelo, expresión del abismo en sus ojos, expresión de la sensualidad en sus labios y así siguiendo. Esta circunstancia la había favorecido con el amor de hombres de carácter muy dispares. Hubo quienes, bajo un complejo no resuelto, se enamoraron de la ternura maternal de sus manos. Pero también hubo quienes, bajo un tardío influjo existencialista, se perdieron en el abismo de sus ojos negros.

Sin embargo nada de eso importaba, la India María había sido hallada muerta bajo el último jacarandá y, según todos los testimonios, Hilario había sido el último hombre que disfrutó de su compañía. Después de aquella relación, como le sucedió a casi todas las mujeres, había decidido recluirse y ahora estaba muerta. En El Gran Café un oficial de la policía había preguntado por Hilario, y nosotros le negamos una respuesta que, por otra parte, no teníamos. Pero desde esa noche la cosa se puso más densa: Hilario había desaparecido, no sólo de nuestra mesa y de nuestro café –hacía ya tres meses- sino también de nuestra ciudad. María Paula, invariable y a quien también interrogó la policía, deambulaba por los senderos del Parque en busca de su hombre, ropa liviana, cada día más sucia y, ahora sí, cámara al cuello. Otra mujer respecto de la que había llegado en la primavera y nos había dejado petrificados. Entonces, María Paula, porque no podía o porque no quería, tampoco colaboraba con la policía. El silencio radicalizado alimentaba las dos preguntas que recorrían Ciudad Esperanza: “¿Dónde está Hilario?” “¿Quién mató a la India María?” El silencio, en realidad más que las preguntas, alimentaba y multiplicaba las respuestas, versiones más o menos verosímiles que circulaban y se asentaban en uno u otro lugar, según las preferencias del público.

El seis de enero, como todas las tardes de ese verano (estallado en las pantallas de televisión), Hilario Díaz y María Paula Rodríguez se dirigieron al Parque Municipal de Ciudad Esperanza. Tomados de la mano lo atravesaron en dirección este-oeste y, en el último jacarandá del sendero, mientras gozaban de sus cuerpos, esperaron a que la noche los sorprendiera. La India María, presa de un tardío ataque de celos, llegó al lugar del encuentro y  los atacó. Hilario, obligado por la agresión –verbal y física-, intervino. Bajo nuevas apariencias pero con la misma pasión, sus cuerpos se enredaron. La India María cayó al piso. Se golpeó la cabeza contra una roca y perdió la vida. Hilario, incrédulo, permaneció de pie junto al cadáver. En algún momento de la pelea, María Paula desapareció y olvidó. Después, lo que sabemos: la India muerta, María Paula paseando por el Parque, Hilario desaparecido.

El miércoles seis de enero, como todas las tardes de ese verano (millonario en culos transmitidos por televisión), Hilario Díaz y María Paula Rodríguez se dirigieron al Parque Municipal de Ciudad Esperanza. Tomados de la mano lo atravesaron en dirección este-oeste y, en el último jacarandá del sendero, se encontraron con la India María. Esa noche, según habían acordado, practicarían el amor de a tres. “El último capricho de Hilario -declaraban sus enemigos-, no podemos esperar otra cosa de semejante degenerado.” “Otro gesto de solidaridad -destacaban sus amigos-, Hilario no es tan egoísta como para entregarle todo su amor a una sola mujer.” El encuentro, al parecer, comenzó con susurros y caricias tímidas que, fatalmente, fueron subiendo de tono. En el instante que precedió al final, las dos mujeres, fuera de sí, se disputaron a Hilario en una pelea que le costó la vida a la India María. Después, lo que sabemos.

El miércoles seis de enero de 2010, como todas las tardes de ese verano (millonario en culos que estallaban por televisión). Hilario Díaz y María Paula Rodríguez se dirigieron al Parque Municipal de Ciudad Esperanza. Tomados de la mano lo atravesaron en dirección este-oeste y, en el último jacarandá, Hilario le confesó a María Paula que había dejado de amarla. Ella, sin acusar el golpe, giró ciento ochenta grados sobre su eje, desandó sus pasos y olvidó. Media hora más tarde, según lo había previsto Hilario, llegó la India María. Tras un diálogo breve (en el que evitaron los reproches por la separación), revivieron un amor, el que les pertenecía. Después de años, se encontraban con sus espectros y, si hubo una sola saliva, también hubo una sola sangre. En ese rito amoroso que ascendió a sacrificio, comprendieron (sus cuerpos no sus cabezas) que, a pesar de la separación y la distancia, vivían una sola vida pero que eran distintos; comprendieron, también, que se llevaban el uno dentro del otro pero que en una vida no hay lugar para dos personas. Después, el sacrificio y lo que ya sabemos.

3 comentarios to “Bajo el último jacarandá, versión final”

  1. sapiens apenas Says:

    Opa! que asunto tenemos entre manos, compañero Hilario. Desmalezar las versiones y encontrar la verdad (que, como sabemos, la unica es la realidad..). Me gustan las diferentes voces, las posturas de amigos y detractores, las versiones posibles sobre un suceso. La verdad, esa medusa. Si hace un rato rumiaba por no saber el final, ni le cuento ahora, que el final abre en el marote un sinfin de ventanitas. Gracias por el cuento.

  2. Estupendo relato.
    Genial lo del fordismo estético y para contraponer la historia que se expande infinitamente en cada versión con la que intenta explicar la desaparición de Hilario…
    Que nuestro Hilario nunca se nos esfume y nos siga deleitando con sus historias de “El Gran Café”

  3. A ver, a ver..qué se puede decir (si todo está dicho ya)…ahora hay que empezar a hilvanar ( o no)…Me pareció impecable la escena que describe la muerte de la india, cada mínimo detalle: que el pelo, que las piernas, que los brazos, etc..todo eso se representa en nuestra imaginación, como si estuviésemos ahí, viéndolo en vivo y en directo…Sin embargo, esas charlas en “El Gran café” son preciosas, tan cotidianas y tan perfectamente masculinas. De alguna manera, los personajes que se encuentran allí, luego de cada historia, aparecen cada vez más desarrollados ( hecho que no es tan fácil de lograr).
    Me uno al pedido del comentario anterior: que Hilario no deje de existir!! Éxitos!!!

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