Cuentos de Mily

Confluencia

Cuando Bjorn estaba por cumplir los diecisiete su  padre dispuso que se rompiera con la tradición pesquera de cuatro generaciones. No lo consultó con el primogénito, simplemente  lo arrastró consigo a Roma.

Desde el inicio el joven se había sentido ajeno  en esa ciudad antigua y fastuosa. Su único refugio era la música, y llegó a venerar (a falta de mayores estímulos),  los temas populares de los intérpretes  románticos  que sonaban en la radio.

No se contentaba con la ociosidad de la escucha, experimentaba con el audio a todo volumen frente al espejo sosteniendo muy  fuerte en el puño derecho,  a escasos centímetros de sus labios enamorados del amor  algún objeto que semejara un micrófono,  y movía  al compás de las baladas sus rulos rojizos y desaliñados. Si no hubiese sido por el tabaco que consumía desde los trece, tal vez se hubiese animado a algo más que un bar de karaoke.

Las canciones y los viajes eran sus mayores  anhelos. Pero lo que más ansiaba era regresar a Alesund. Volver a sentir la adrenalina al sumir el filo de su arpón en el lomo del titán azul y ver  las heladas aguas del  mar de Noruega teñirse de rojo. Nunca había dejado de visualizarse en la barcaza llevando adelante   su faena siempre  secundado y resguardado por la mirada de una compañera, morena y hermosa.

El mismo aeropuerto que diez años antes le había brindado una deslucida bienvenida, con indiferencia  presenció una tarde su partida que dejaba atrás una extraña geografía para ir en busca de  territorios aún más lejanos y exóticos, ésos que Bjorn se había propuesto conocer antes de regresar a su pueblo natal.

Se le antojaba que  su andanza sería prolongada, pero quiso el destino que el primer sitio que visitara fuera aquella región tailandesa cercana a Mae Hong Son.

Ninguna de sus camaradas de la tribu Karen la aceptaba. Su presencia las perturbaba. Era bella y altiva como todas y como todas  lucía erguida  a fuerza de portar el ancho collar de anillos de cobre y el tocado pesado y  colorido, aunque el suyo, a diferencia del de sus compañeras de infortunio fuese calado y estuviese adornado por finas puntillas que una amable turista le  había obsequiado tiempo atrás.

Por alguna razón  Daw Win aventajaba al resto. Algo la hacía descollar. Era la más admirada, la más fotografiada,  la que mayores agasajos recibía.

Tal vez  lo que   fustigaba  a las otras,  lo que las enardecía, era el modo en que la jovencita se desplazaba. Parecía ingrávida, incorpórea, inmaterial. Sus pies no se llegaban a percibir, se los adivinaba. Transitaba  la aldea,  grácil y tenue como si dentro de sus sandalias habitasen  plumas.

Poco le afectaba a ella el rechazo. Vivía ajena, dulce prisionera de sus ansias calladas que trasuntaban su mirada triste de cisne.

Poco antes de huir de Birmania e instalarse con sus niños  en la montaña,  su madre había consultado a  una nigromante y le había confiado a Daw Win,  la mayor de sus hijas, aquellas predicciones. De modo que  la  joven   era poseedora de unas cuantas certezas y esperaba inquebrantable y paciente el futuro presumido.

Algún día, cada vez más cercano, emigraría. No conocía aún al héroe que  la llevaría lejos, muy lejos de aquel zoológico humano, pero sabía que se trataba de  un extranjero fuerte y vehemente, un joven  barbado de cabellos rojos y ensortijados que le cantaría viejas canciones de amor con su voz desapacible, aunque apasionada. Tantas veces se había representado la escena…  En tanto él realizaba su rudo trajín, ella lo acompañaría con su mirada y lo alentaría en su trabajo.

El viajecito

Hace una semana vine a verlo al Dr. Ferdman buscando un poco de alivio. Estaba al borde de la desesperación. No daba más y decidí ponerme en sus sabias manos.

De pronto descubrí entre las mías una receta y  una prescripción que me otorgaba quince días de licencia. Me encontraba en el umbral del  consultorio del eximio facultativo y no tenía idea de cómo había llegado allí. Eso sí, estaba dispuesta a cumplir con sus indicaciones  a pesar de que  me las había puesto muy difíciles. Es un excelente médico el Dr. Ferdman, pero a veces ni un poquito realista.

El me había dicho:”lo importante es que hagas algo diferente, algo que te guste, que te de placer. Relajar, evadir. Nada de leer ni de pensar. ¿Entendés?”

Creo que se me quedó mirando  con sus ojos grises muy abiertos, esperando  de mi parte una respuesta que nunca pudo oír,  y que  permaneció así, (pero por unos segundos apenas,  porque  ya se sabe: Time is Money) De seguido agregó: “un viajecito no te vendría nada mal. Decididamente te lo recomiendo.”

Quise pronunciar unas cuantas palabras que al Dr. Ferdman no le hubiera gustado escuchar. Es que hace siete días yo estaba convencida  de que para hacer un viajecito hacía falta algo más que tiempo libre. En lugar de soltar un improperio alargué el silencio.

Algo impaciente Ferdman se calzó unos lentes re – fashion. El marco estaba finamente labrado, era color gris perla y debía doblar el valor de mi sueldo. “Te tomás un cuartito de ésta a la mañana, con el desayuno (hizo una crucecita a la derecha de una palabra ininteligible garabateada en el formulario rosa) y media de la otra  antes de acostarte” (arqueó las cejas y ladeó la cabeza cana hacia el noreste). “Vení a verme en siete días y vemos. Cualquier cosita extendemos la licencia o ajustamos la medicación, pero si me hacés caso vas a andar bien”, sentenció Ferdman poniéndose de pie para que me diera por enterada de que la consulta había concluido. Es muy buen médico Ferdman, pero a mí me atiende por obra social.

Ya girando el picaporte volvió a mirarme y me espetó (y me esputó un poquito también) en pleno rostro.: “! Arriba el ánimo,  mujer ¡” Y se puso a cantar algo en idish o alemán, creo, y hasta esbozó unos pasitos de baile. A manera de consigna agregó mientras me empujaba fuera del departamento.”Viajar, sí. Leer, no”. Lo repitió varias veces antes de cerrar la puerta. Es buen médico, el Dr. Ferdman, pero un poquito maníaco.

¿Así fue entonces que llegué al umbral? Confundida estaba, azorada, también, pero como ya dije, dispuesta a cumplir la mejor posible con el tratamiento. Iba a hacer todo  lo que estuviera a mi alcance.

Como no daba  para pasar siquiera por la puerta de una agencia de turismo me crucé en diagonal hasta la farmacia sindical. El negocio era un hervidero. A los quince minutos llamaron al 97. Era mi número. Le entregué a una empleada con cara de tujes y rictus de ídem la receta blanca, la rosa, el DNI, el carnet  de la obra social y el último recibo de sueldo que me había pedido con muy malos modos. Dos segundos después la muy mal parida aspirante a boticaria me lanzó con sorna:”Esto no se lo cubre IOMA, señora. Si lo quiere comprar particular son 175 pesos”.

No tenía esa cifra, pero aunque la hubiera tenido colegí que iba a ser peor el remedio (el antidepresivo en ese caso) que la enfermedad. Le agradecí a la susodicha empleada la información (¡Uds. pueden creerlo!) y salí.

Fui caminando hasta Corrientes y de allí derechito hasta Pueyrredón. Me tenté varias veces en el camino. Incluso llegué a entrar a alguna de las librerías, pero me enderecé obedientemente. Iba a  cumplir con lo que pudiera.

Ya en casa repasé mis opciones, pero no demasiado porque no eran muchas. No había podido comprar el antidepresivo y el ansiolítico, acababa  de recordar,  se había terminado la noche anterior.

Así que resignada me calcé el pijama, entibié una tacita con leche, le disolví una cucharada de miel y me fui a mi cuarto con una congoja aún mayor que la que había llevado esa tarde a la consulta con Ferdman.

Estaba por darle cuerda al viejo despertador  cuando una ráfaga de aire fresco que me dio de lleno disipó la angustia. ! No iba a necesitar de ese macabro artefacto por dos semanas!

Me dormí pensando que aun sin un peso para pastillas o para pasajes, algo bueno iba a pasar.

Y acá estoy tras siete días, sentada frente a Ferdman que me mira con sus ojos grandotes muy abiertos. Sus cabellos tienen un tinte rojizo que no llega a cubrir todas sus canas. Me pregunta cómo anduve y  se sorprende  de verme tan repuesta. Desliza con su índice derecho sus gafas coloradas hasta casi el confín de su nariz aguileña y las alcanza antes de que caigan sobre el imponente  escritorio de roble. Me sonríe Ferdman. Yo le devuelvo la sonrisa y le cuento sobre las fantásticas ciudades que he visitado. Le menciono varias: Ipazia, Armilla, Pirra, Trude, Eutropia, Valdrade, Zobeida. El asiente mis eufóricas palabras  con  su cabeza purpúrea. Finge conocer los sitios que nombro y describo, pero no sabe de qué estoy hablando. Me pregunta si voy a cortar la licencia o si prefiero continuar otra semana. Le digo que elijo la segunda opción para retornar al trabajo totalmente renovada. El se auto alaba. Se jacta de las recomendaciones que me ha dado. Me recuerda que lo del viaje jamás falla y yo no lo desmiento y le hago saber que en esta semana que me resta de licencia  voy a seguir visitando ciudades, que quiero conocer Procopia, Laudomia, Raissa, Tecla, Leonia y sobre todo  Ottavia , que hasta donde sé es una ciudad telaraña, construida sobre unas cuerdas atadas a dos precipicios. Pero no me escucha, creo,  porque ya estamos de pie ante la puerta de calle y él me está palmeando la espalda y me empuja (suavemente, sí,  pero me empuja) hacia la calle y mientras me alejo él grita que no deje de tomar  el ansiolítico por la noche  y mucho menos el antidepresivo  por la mañana, y que siga así, sin leer y viajando. Y yo me vuelvo y le sonrío con ternura casi. ¿Ven? ¡Pobre Dr. Ferdman!  No es tan  mal médico, pero es un poquito pelotudo.

La muralla inútil, por Mily

No le caía mal el hombre a pesar de que sólo había recibido de él gestos amenazadores y otras bravuconerías.

No era un tipo ruin, se había persuadido de eso. Cómo podría serlo  alguien que con tanto celo cuidaba de su vergel quitando la maleza, proveyéndole del agua necesaria, resguardando su belleza…

El hombre ejercía la tutela de lo que consideraba un espacio privado. Estaba equivocado, es cierto, pero…

El sabía cómo eran las cosas. Sus mayores se lo habían revelado y además confiaba en  que su instinto no lo engañaba.

Ese era un sitio público. Ningún absurdo recipiente iba a  detenerlo, ni siquiera ese ejército  de envases transparentes que inhibían  el fluir del líquido elemento y que habían sido dispuestos armónicamente, uno cada cincuenta centímetros instituyendo una  malograda fortaleza  de constitución perfecta.

¿Por qué insistiría el hombre  en tan insustancial maniobra? Le  había dado muchas vueltas al asunto. Pero ya se sabe: “Los humanos tienen razones… ininteligibles”. Allá, ellos.

No quiso contrariar aún más a aquel prisionero de su neurosis. No quiso añadir otra razón que  vulnerara al vecino. No quiso sumarle una nueva herida a esa mente obsesiva. Pero tampoco podía consentir en contradecir a su propia naturaleza.

Decidió ser meticuloso, como siempre, pero más esmerado esta vez. Dio varias vueltas alrededor de la parcela olfateándolo todo. Por fin se detuvo en el área que consideró ideal y allí mismo, entre dos botellas, en el centro, en un  punto  equidistante entre ambas, orinó. Después de todo era más que  un  cuzquito.

Fechas Patrias, por Mily

Ese 25 de mayo había ido con unos cuantos amigos a casa de “La petisa Liliana”.

Llegamos alrededor de las 8 de la mañana. Estábamos sin dormir. Veníamos de un cumpleaños.

Los padres de Liliana estaban pasando unos días en Entre Ríos.

Íbamos a comer locro, y después iríamos a Devoto.

Me sentía bastante inquieta porque mis viejos me hacían durmiendo en casa de una tía y porque tenía que estudiar Botánica.

Me advertía extraña,  con la sensación de estar flotando o desplazándome dentro de una esfera viscosa. La excitación o el cansancio. Tal vez las dos cosas. Nunca antes había pasado una noche entera en vela.

Para la media mañana, los tres ambientes de Carabobo al 300 parecían a punto de sucumbir bajo el humo y la música.  En el combinado del coqueto living de estilo inglés giraba incesante un long play de Isella que una mano obsesiva y temblorosa, la mía,  no dejaba avanzar más allá del cuarto surco.”POR UNAS PUPILAS CLARAS QUE ENTRE MUCHOS SABLES QUIEREN RELUCIR, Y ESA RISA QUE ESCONDIA NO SE QUE SECRETOS Y ERA PARA MI. CUANDO ALTIVO SE MARCHO ENTE SABLES Y ALGUACIL, ME NUBLO UN PRESENTIMIENTO AL VERLE PARTIR.”

Cuando Liliana estaba a punto de perder toda esperanza, y casi había decidido guardar para otra ocasión el maíz y el resto de los ingredientes e ir hasta Rivadavia a comprar unas cuantas pizzas, llegaron los cocineros. Eran tres.

Al rubio de barba lo tenía visto. Lo había conocido en marzo, en Atlanta, en el acto de cierre de la APR. Aquella nochecita él había ido con “El Tano”, mi mejor amigo. Trabajaban juntos en ENTEL, ambos eran peronistas y aficionados a la poesía.

Al rubio, algunos lo llamaban Poeta. A mí me gustaba y había percibido no serle indiferente.

_ ¿Cómo se llama, Tano?

_ ¿El Poeta? Aldo.

_ …

_ Ojo, turquita…

El Tano era más cuida que mi papá. Responsable, decía él. Me recordaba con demasiada frecuencia que acababa de cumplir trece años, aunque luciera de diecisiete. El tenía diecinueve y era el novio de la anfitriona.

Durante el caos de gritos y risas en el que transcurrió el almuerzo, Aldo me dirigió algunas miradas sugestivas que me estremecieron y me asustaron un poco, también. Ningún hombre me había mirado nunca así, ni siquiera Carlos, que hasta hacía unas semanas atrás había sido mi novio o “mi compañero”, como le gustaba decir.

Después de almorzar un locro demasiado picante al que le faltaba bastante cocción, siguió la música.”DICEN QUE EN LA GUERRA FUE, EL MEJOR Y EN LA CIUDAD, LO LLAMAN EL GUERRILLERO DE LA LIBERTAD.”

Camino de la parada del 25, no sé cómo me encontré de la mano de Aldo. Después copamos el colectivo. Todos estábamos excitados. El chofer, amenazó con hacernos bajar si no dejábamos de incomodar a los pasajeros con nuestro alboroto. Una señora que iba sentada en el último asiento de uno nos miraba de soslayo, temerosa. Yo hubiera querido decirle que no se preocupara, que no iba a pasarle nada, que no éramos patoteros, sólo estábamos contentos, aunque no sabía muy bien por qué.

Alguien me ofreció un cigarrillo y por primera vez presioné entre mis dedos el cilindro asesino, era un Big Beng mentolado, me agradó.

En algún momento del viaje, Aldo improvisó unos versos que pretendían ser una apología de mi mirada:”ALGO DENSO, ALGO OSCURO ME ALCANZA. DOS OJOS DE MUJER SEDUCIENDOLO TODO.”

No tanto su estrofa mediocre como su tono de voz y su mirada me resultaron fuertes, inapropiados. En tanto recitaba mirándome, los demás se reían, gritaban, abucheaban. Estaba avergonzada. Aldo me besó, y sentí que al contacto con su barba las mejillas me ardían.

Cuando bajamos hacía mucho frío. El rubio me dio su montgomery. Un rato después nos habíamos separado del resto. Nos sentamos en el cordón de la vereda, por Bermúdez.

Paulatinamente los alrededores comenzaron a poblarse. Los gritos y los cánticos me provocaban sobresaltos. Sensaciones muy ambiguas se adueñaron de mí. Algo así como la exaltación del advenimiento y la desazón del desvanecimiento.

Aldo me tenía tomada por la cintura. No se movía y lloraba en silencio.

Hacia bastante rato que había anochecido. Unos tipos que se me antojaron marginales reconocieron a Aldo. Se abrazaron efusivamente. A nuestro alrededor la multitud fue haciéndose cada vez más compacta. Nos ofrecían mate, naranjas, vino.

Finalmente el portón se abrió. Primero salieron  de a uno, después de a diez, de a cien.

Vi que Aldo lagrimeaba, escuché sus gritos desmedidos. Comencé a buscar con la vista  a los demás, a mis amigos, al Tano. No los encontré.

Aldo me dijo que debíamos ir para el lado de Nogoyá. No recuerdo qué razones de seguridad esgrimió. Las creí descabelladas.

_ Yo me quedó acá.

_ Como quieras.

_Tomá tu abrigo.

_ Me lo das otro día. Hace frío.

Lo vi doblar la esquina. Un cautivo del lado de afuera, pensé. Vaya a saber por qué. “CUANDO ALTIVO SE MARCHO, ENTRE SABLES Y ALGUACIL, ME NUBLO UN PRESENTEMIENTO AL VERLE PARTIR.”

Empecé a buscar al Tano entre la multitud abriéndome paso a los codazos y empujones. Un rato después, resignada, decidí volver a casa sola.

Me detuve un rato todavía frente al portón. La situación era confusa. Estaba todo mezclado, pero no unido. Me sobrecogió la certeza de un futuro cercano muy difícil.

Ya en el viaje de vuelta, el recuerdo del libro de Do Santos Lara me heló la sangre. Sentí el vientre hueco y frío.

Ni bien traspuse la puerta mi papá me pegó uno de los pocos cachetazos  de los que fui destinataria. Había llamado a casa de mi tía.

_ La nena se fue ayer. Tenía que estudiar botánica.

Al rubio lo vi todavía dos veces más y alcancé a devolverle el montgomery.

Lo mataron el 20 de junio, en Ezeiza.

El Tano le sobrevivió tres años.

7 comentarios to “Cuentos de Mily”

  1. Interesante el ritmo de las las historias. Muy buenas…

  2. gracias por tu comentario, qué bueno que te haya gustado.Mily

  3. Siempre pensé que todo libro era un viaje… lamento que el médico no sepa lo que se pierde… al trabajar con la imaginación… adrmiro el estoicismo franciscano de algunos docentes argentinos y el humor conque afrontamos nuestra condición… Muy bueno!! Vendrán tiempos mejores?????????????

  4. ESte del 25 de mayo…estaría bueno para los cuentos de otoño…

  5. Definitivamente, los cuentos de Mily tienen la calidez de las manos de una madre.

  6. Gracias Hilario por ese comentario tan cálido, también.

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