Hábitos, de Manuel Sabas

H Á B I T O S

Todavía no resolvimos el dilema. La decisión no es sencilla. Lo cierto es que en aquel pequeño departamento ya no podíamos vivir. Lo sabíamos los dos, de modo que aquí no hay recriminaciones. Era un solo ambiente con kichinet y el bañito. Recién casados, nos arreglamos con Gladys. Desde el primer momento lo tomamos como algo transitorio, hasta que dispusiéramos de dinero para comprar uno más cómodo, de dos ambientes por lo menos… y con una cocina.  Pero, bueno… la situación económica fue empeorando, los créditos desaparecieron y la posibilidad de cambio estuvo cada vez más remota.

Nosotros dependíamos exclusivamente de nuestros sueldos, siempre con menor poder adquisitivo. Entonces, planeamos ir comprando, de a poco, algunos muebles, con la esperanza de mudarnos algún día. Si se presentaba la oportunidad, ya tendríamos con qué llenar el departamento más grande. Fuimos adquiriendo el comedor, el dormitorio que reemplazó al sofá-cama, un juego completo de living, una biblioteca, que funcionaba de todo: era repisa, placar, mesa de televisión. También usamos de placar la parte de abajo de la cama, abarrotada de cajas.

Tomamos conciencia de la estrechez de nuestro espacio vital el día que tuvimos que desistir de invitar a cenar a unos amigos. No había manera de recibirlos y, menos aún, de atenderlos. Nos dimos cuenta, con Gladys, de que nuestros movimientos se habían amoldado a los recovecos y formaban parte de nuestra personalidad domiciliaria. Para entrar en el departamento, teníamos que ponernos de perfil y esconder el estómago, porque la puerta sólo se abría parcialmente al tocar contra la mesita del teléfono. Una vez adentro, era necesario trepar a la mesa para poder cerrar. De pie no se podía estar, salvo en el baño y en un rinconcito de la kichinet. Si queríamos ver televisión, teníamos que sentarnos sobre la mesa. Poner o sacar algo del placar era una proeza. Para ir al baño, había que saltar sobre los sillones y la cama. Para sentarse en un sillón, se debían encoger las piernas casi hasta una postura fetal, porque no quedaba sitio para extenderlas.

Cuando Gladys preparaba la comida, poníamos la mesa patas arriba sobre la cama y las sillas las colocábamos sobre los sillones, para que quedara un pequeño sitio en el que pudiera desenvolverse. Para comer, volvíamos la mesa y las sillas a sus lugares, pero no podíamos utilizarlas. Entonces, servíamos la comida en una mesita portátil, como las de hospital, y nos metíamos en la cama. Igual procedimiento aplicábamos para desayunar. Si queríamos tomar mate con alguna comodidad, llevábamos el termo y los demás elementos al baño; uno se sentaba en el bidé y el otro en el inodoro y mateábamos.

Ahora, gracias a la generosa ayuda de mi suegro, que ganó un suculento juicio que seguía hace años, compramos este departamento de tres ambientes con dependencias. ¡Qué comodidad! Ubicamos todos los muebles y queda espacio libre por todos lados. Aquí sí podemos traer invitados. Pero no lo vamos a hacer hasta que  solucionemos este maldito problema de la costumbre que se nos metió en lo más recóndito del inconsciente. No podemos evitar entrar de costado, estar trepados en la mesa, ir al baño saltando sobre los sillones y la cama, sentarnos con las piernas encogidas, desayunar y comer en la cama, con la mesita de hospital; Gladys desaloja la cocina cada vez que tiene que preparar algo, y colocamos la mesa sobre la cama y las banquetas sobre los sillones… y seguimos mateando en el baño.

Si la terapia que comenzamos hace dos meses no da resultado esta semana, creo que deberíamos volver a un departamento pequeño, de un ambiente con kichinet, para que nuestros desplazamientos tuvieran sentido. Pero todavía no resolvimos el dilema.

2 comentarios to “Hábitos, de Manuel Sabas”

  1. Quién dijo que el hombre y la mujer moderna ha logrado vencer a la rutina? Las rutinas que imponen los espacios son atroces… pero es muy cómico pensar el mate en el baño… Me gustó mucho el cuento…!!!

  2. Muy divertido. Me encantó !!!!!!

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