Juan, de María Aguilar

Para todos los que amo y creyeron en mí siempre.

Cuando yo era chico  mi madrina me había contado que los axolotl eran criaturas que habían sido enviadas por los dioses aztecas a los hombres para que jamás los olvidasen y que además, los habían dotado con extraños poderes que jamás usaban a menos que fuese necesario.

Cuando fui grande llegó a mi vida un axolotl como regalo de cumpleaños de Mariana, una chica que salía conmigo. Me había regalado su más preciado tesoro,  en una pecera hexagonal. Ella lo llamaba Juan, pero a mi eso mucho no me importaba, porque a veces hasta le cambiaba el nombre.

Como  mascota, pronto descubrí que mi axolotl era una criatura hosca, huraña, no mostraba afecto; como así tampoco actividad alguna. Para mi era casi una cosa, bastante repulsiva y trataba de ignorarlo tanto como él me ignoraba. Mariana era la única que cada tarde se encargaba de su aseo personal y  de  su ración diaria de comida.

Una calurosa tarde de verano abrí el balcón del departamento que hacia poco había alquilado. El de al lado estaba vacío, o eso creía yo,  porque apareció una morocha espectacular que me miraba y se sonreía bailando la música que salía de su departamento. Me llamaba y  yo me reía, pero entre otra vez a mi living, porque no quería líos nuevos.

De pronto la vi entrar por mi balcón: había saltado la medianera. Me empujó contra el  sillón y se tiró encima mío. Me besó. Yo intente seguirle el juego pero algo me molestaba, alguien, tenía su mirada clavada en el espectáculo que estábamos dando. Me di vuelta. Era él. Con sus bocanadas silenciosas de aire, pegado a la pared de la pecera, moviendo de arriba hacia abajo sus manitas acompasadamente, al mismo tiempo que su cola.

De pronto el ruido de la puerta principal interrumpe la escena, era Mariana que al verme con la vecina pegó un grito espantoso y salió llorando del lugar. Retire a  la morocha de mi pecho y corrí detrás de ella hasta el jardín pero fue inútil,  ya se había ido.

Cuando regresé le pedí a la “otra” que se fuera y en medio de insultos y puteadas salió por donde había entrado. No me importaba….

En realidad que Mariana se fuese tampoco me había importado demasiado; me tenía harto con sus celos… con sus  boberías…. Lo que más me había molestado era el hecho de que me pescara “in  fraganti” y ante todo, la intromisión de ese animal asqueroso.

Me sentía tan indignado que pensé tirarlo por el inodoro; sin embargo cuando me acerque sentí curiosidad. El bicho  no solo me seguía mirando  con fijeza sino que ahora, restregaba sus pequeñas manitos una contra la otra, acompasadamente…. Las vi  tan humanas y tan rosadas que sentí repulsión. El animal que hasta ese día había permanecido inerte y aletargado, hoy se mostraba ante mí  como un ser diferente, interesado por comunicarme no sabia qué cosa a través de esa mirada dorada…y penetrante…De esos movimientos acompasados casi rituales.
Resolví entonces  colocar la pecera sobre la mesita del living y acomodar frente a ella una silla, quería que la contemplación fuese mutua. Algo debía de aprender de ese momento misterioso.

De pronto dejó de moverse, solo se quedó mirándome con insistencia sobre-natural. Sus ojos posados en mis ojos pronto  hicieron que en un instante perdiera la noción del tiempo, la conciencia misma…. Me dormí profundamente hasta que la claridad del día y el ruido de un juego de llaves me despertaron. Era Mariana que había regresado a buscar sus cosas creyendo que yo no estaba.

Intente ponerme de pie para hablarle pero me fui de boca al suelo. Mis piernas no me respondían, estaban sorprendentemente duras y  frías; parecía que en lugar de piel tuviese pequeñas escamas húmedas, sentía ardor intenso.

Intenté llamarla, pero fue inútil, no podía emitir ningún sonido. Mi cuerpo se había convertido en una masa escamosa de color rosado, con unos bracitos flacos terminados en pequeñas manos con dedos diminutos; casi humanos…. Intenté aferrarme a la silla caída pero el objeto para mi asombro había adquirido enormes proporciones.

Mariana entró al living atraída por el ruido y me observó con curiosidad y dijo indignada:

_“Mira vos Juanchi, pensar que el día que te regalé con tanto cariño, dijo que no le gustabas y ahora hasta te compró un compañero. ¡Qué descuidado y qué caradura!

Y tomándome suavemente entre sus tibias manos me arrojó a la pecera junto al otro animal; junto a ese “otro” que yo no quería.

No podía creerlo, esto no era real. No podía estar pasándome. Creí que me ahogaría pero curiosamente no morí, seguí respirando. Vi por el vidrio cómo Mariana se alejaba en dirección a la puerta y la escuché despedirse:

_ “Chau Juan, vuelvo mañana, no me extrañes y ese tarado no vuelve, mejor, así te llevo conmigo a casa otra vez, a vos y a…. voy a tener que pensar un nombre para tu amiguito si eso pasa. Chauuuu”

Oí cerrarse la puerta.

El silencio era penetrante, casi absoluto, solo se escuchaba el crepitar de las burbujas de aireador estallando en la superficie del agua.Todo estaba en penumbras, la única luz que iluminaba era la del tubo de la tapa de la pecera.

Me quedé inmóvil contra las piedras pensando qué hacer. De pronto sentí otra vez esa mirada. Giré todo mi cuerpo. Era él, escondido en uno de los adornos del fondo con forma de calavera.

Sacó medio cuerpo afuera, todavía continuaba frotando sus manitas una contra la otra, acompasadamente pero esta vez su cara triangular tenia dibujada una sonrisa maligna y sus ojitos dorados estaban entrecerrados mirando los míos de manera amenazante. De prono comenzó a hablarme con total claridad…

_“Te lo tenias merecido, ¿sabes? Por hacerla sufrir: Nadie hace sufrir a Mariana. Nadie. Ella me ama. Yo soy suyo. Ahora todo vuelve a estar en orden…. Pronto te va a olvidar como a los otros, me dijo, mostrándome con una de sus pequeñas  manos un puñado de cartílagos mordisqueados;. Acá domina la ley del más fuerte, del más experto… Es solo cuestión de tiempo, tal vez horas y vos, no estás acostumbrado a esto. ¡Va a ser tan fácil!….Y después, después como siempre, Mariana  y yo, juntos, como las otras veces. Nadie se dará cuenta. Quedate tranquilo. No falta mucho para la hora de la cena”.

Y después de hablarme así, se retiró al interior de su guarida nuevamente dejando entrever tan solo sus ojitos dorados, siempre clavados en mí.

No supe qué hacer. Sentía terror. Me escondí entre una roca mediana en un rincón de la pecera y puse sobre mi cabeza un pedazo de caracol enorme. ¿Qué iba a ser de mí ahora? Yo, que nunca había creído en nada, comencé a rezar frenéticamente como cuando era niño.

Finalmente me di por vencido y me entregué a mi destino incierto. Me acurruqué entrecerrando mis ojos y me dejé llevar por el letargo de los recuerdos humanos para esperar los últimos minutos de mi existencia.

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