Peces de colores, de Jana

Nos dejaron plantados a los dos.   ¿Qué te parece un café para compartir tanto desprecio?”

La servilletita de papel decía todo en forma apurada. El mozo, encargado de alcanzarme le mensaje, se perdía dentro del café y él me miraba con unos  ojos negros de lo más tristes, parecidos a los de un perro cascoteado. Yo lo miré otra vez, mejor dicho lo miré bien, porque antes lo había visto,  ahí sentado, con su apuro y su traje caro. Estaba sentado en la mesa de al lado y consultaba la agenda y el reloj  constantemente. Lo miré digo, y vi los ojitos negros y el bigote, el nudo de la corbata corrido de costado y la expresión de acaloramiento mezclada con  aburrida tristeza. Lo miré y después, mientras buscaba una excusa cualquiera entre los pliegues de la pollera, pensé un poco el asunto y terminé diciendo que sí.

Se pasó a mi mesa al mismo tiempo que el mozo, acodado en el fondo de la barra, nos espiaba con una sonrisa pícara y en la avenida algún coche frenaba  como si fuera la última vez. Sé que las mesas de la calle no son las más adecuadas para charlar con nadie, pero no tolero el encierro de los bares  chiquitos, con el humo condensado y el olor de los baños mezclándose en las conversaciones y los chillidos de la máquina exprés derritiéndome la nuca. No me banco el roce de los demás cuando pretenden pasar detrás de mi espalda y aprovechan la ocasión para sobarme un poco. Ni la inútil  privacía que todos intentan, con la probabilidad creciente de embocar la maldita palabra delatora, en uno de esos silencios que producen todos juntos y en el momento exacto. Por eso sigo eligiendo las mesas de la vereda, a pesar del ruido infame de la calle y la polución que me ennegrece las manos, un verdadero asco pero menor que el interior de esos cafectios.

Se sentó en la silla de al lado, no en la de enfrente, y mientras me miraba de reojo empezó a decir que había citado a una colaboradora de trabajo para combinar algunos aspectos de no sé qué cosa y movía las manos con cierto descuido, como si nada tuviera importancia. Hablaba casi sin tomar aire, impidiéndome decir una sola palabra y no es que yo quisiera decir mucho, pero me hubiera gustado presentarme, decirle “me llamo Ana” y esperar a que dijera su nombre, pero él estaba tan ocupado en contarme esas cosas que debía combinar con su asistente, que ni me preocupé en decir ésta boca es mía.

Siguió hablando, describiendo cosas que no entendí porque lo escuché con atención durante unos minutos, los suficientes para darme cuenta que lo de la  mina era una mentira grande como  la cancha de Boca y que no había nadie esperándolo en ningún lugar. Pero lo dejé hablar porque tenía linda voz y una forma de decir diferente, casi como esos personajes de la tele que se agarran a tiros en las series, que matan a todos y nunca salen heridos, los muchachitos de la película en definitiva. Hablaba así, como el  chico lindito y siempre peinado que está del lado de los buenos y nos defiende de ladrones, narcos, estafadores,  depravados y demás yerbas.

Habló durante un rato mientras lo miré con algo de interés, pero cuando me aburrí, él se dio cuenta y empezó a cambiar de táctica. Ahí fue cuando me preguntó mi nombre y le dije, muy tranquila y suelta,

–          Zamantta, con Z y doble t. Igual que la Aegar, la actriz norteamericana. Pero todos me dicen Zam.

Él me miró con un poquito de asombro y me dijo que se llamaba Lute. Yo, enseguida pensé que me estaba tomando el pelo, pero con mi mejor cara de imbécil le pregunté

-¿Lute? Que nombre más rato.

Y él me salió que en realidad su nombre era Eleuterio y que siempre le habían dicho Pichi. Pero  como después se hizo famoso el ladrón español y le hicieron la película y todo, él se cambió el sobrenombre y todos se acostumbraron a decirle Lute. A mí me pareció divertido ese asunto y le largué que a mí me habían puesto Zamantta por la actriz, porque a mi mamá le parecía tan linda y delicada que decidió homenajearla bautizándome así. Incluso fui más a fondo. Le conté que mi papá se había opuesto por completo porque pretendía llamarme Felicitas, como todas las mujeres de su familia, pero que mamá se negaba y en la discusión, mi abuelo, salomónico, había dictaminado que me llamaran María, como la hija que no tuvo. Resultado, mi nombre completo  fue Zamantta María Felicitas. ¡Todo un nombre!

De  esa historieta pasamos a las actividades de cada uno y le dije que yo era diseñadora de modas y que estaba armando una colección para Albertito, Piazza, el mejor diseñador del país. Le describí algunos modelos de la próxima temporada, los más usuales y que podrían verse por la calle, en Recoleta claro. Pero de los modelos exclusivos no podía decirle nada porque eran como un secreto de estado, algo sumamente delicado que si se filtraba cualquier información, podía costarme el futuro profesional. No tuve mucho problema para contarle todo eso porque las revistas de moda últimamente son bien completas y tienen información de sobra. Claro que mis manos tampoco podían delatarme porque desde que estoy en la oficina y dejé la máquina de coser, tengo las uñas mejor cuidadas y las cicatrices de los hilos ya casi desaparecieron. Él me dijo que era creativo publicitario y que estaba haciendo una campaña de cosméticos importantísima, que lo iba a lanzar a la fama y le daría cualquier cantidad de trabajo, aquí y en el extranjero. Ahí empezó de nuevo con la  asistente que lo había dejado plantado y antes que pudiera aburrirme otra vez me preguntó quien era el estúpido que se había olvidado de mí. Pensé en  Brad Pitt, pero me pareció demasiado buen mozo para meterlo en la conversación. Entonces opté por Luis, el supervisor de corte que está bastante bien a pesar de los años y que no me da ni cinco de bola. Pero como Lute no tenía la menor idea de Luis y sus reviros de fidelidad matrimonial, le dije que era un cliente importante de la empresa de Piazza y que siempre que bajaba a Buenos Aires me llevaba a comer y a bailar.

El silencio entre los dos creció de repente. Los ruidos de la calle pasaron a ocupar el espacio de nuestras palabras y los dos nos quedamos metidos para  adentro. Yo me miraba las manos y pensaba en el tiempo que hacía que no acariciaban a nadie, ni al gato de mi vecina siquiera. Él, perdió la mirada en algún lado más allá de la mesa del bar. Lo miré con disimulo y lo aprobé, podía valer la pena el tipo, por lo menos para un par de noches. Él, de repente, miró la hora y se movió apurado en la silla, disculpándose por su apresuramiento súbito al tiempo que llamaba al mozo, se ponía el saco y juntaba sus cosas. Yo lo miré un poco asombrada por la velocidad con que había recuperado la conversación y sin entender demasiado lo que estaba pasando.  Pero enseguida entendí que algo le había molestado. Acepté las disculpas mientras analizaba mis cosas, la pollera azul, la blusita blanca, el blazer y la cartera. Lo vi alejarse por la vereda a toda velocidad, como si lo persiguiera  la luz mala en medio de la noche y me quedé sentada, asombrada y triste, después de haberle  asegurado que hoy volvería a estar en el bar, en la misma mesa y a la misma hora, para tomarnos otro cafecito.

Pero en lugar de ir a la cita con Lute me vine a casa. A tirarme en el sofá frente a la tele, con las pantuflas puestas y los pies levantados. Del Zamantta me quedan la servilletita que me escribió él para invitarme y  la sensación ridícula de pensar a mi vieja mirando a la Eagar. Del cuento del cliente del interior, sólo las ganas de salir alguna vez de verdad, con un tipo así, que me levante en algún bar una tarde cualquiera, o con Luis, que es el que me interesa de verdad y no me pasa bola. Pero al tipo del otro día no le creo eso de Lute, eso es mentira. Debe llamarse Alberto o Jorge, o Carlos, o cualquiera de esos nombres horribles. Pero no Lute, no tiene cara de nombre de película.

2 comentarios to “Peces de colores, de Jana”

  1. Qué imaginario… el femenino… un bestiario!!

  2. Disfruté mucho esta lectura. Delicioso humor. Me encantó.

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