Sí, pero no, de Fisher

 

“No”

“No me gusta”

Con eso hubiera alcanzado. En su versión monosilábica o en su formato trifrástico. Pero no. Por alguna de esas razones que pasados los años no se nos antojan nada racionales, por no herir susceptibilidades de los amigotes o, para peor, por no ganarse el mote de “mal amigo” (léase “garca”, “cortamambos” o cualquier otro epíteto de índole fecal) lo primero que se me vino a la boca aún reseca de recién levantado sería “Y…bue…sí”

Era domingo. Pero no era cualquier domingo. Era mi domingo de franco. Y es que el shopping nos “premiaba” a los vendedores con un franco en domingo solo una vez por mes, además del franco entre lunes y viernes. Todo un mes de espera antecedía para mí un vendaval de proyectos a cortísimo (dominguero) plazo o me hacía desear con inusitada ansiedad los fideos con tuco de la vieja o el asadito del viejo. Pero, no. Alguna extraña, sobrenatural e embobadora fuerza  del más acá me llevaría ahí, donde habría de concluir el único viaje de pesca que hasta ahora he hecho.

Serían las nueve cuando el Quique y el Turco tocaron el timbre latoso de mi casa. Casi todos dormíamos, por lo que me apresuré a atender apenas divisé por la mirilla a los promotores de nuestra expedición pesquera. La isla de Paranasito sonaba cercana y familiar. Los viejos nacieron en Entre Ríos y el Zárate – Brazo Largo es uno de los primeros recuerdos de mi infancia como viajero. Llegar desde Morón hasta la isla no debía ser gran problema.

Todo parecía estar listo. El Turco iría con su Falcon con GNC. El Quique, con su 125 naftero. Era cuestión de terminar de reclutar a los pescadores de la banda. El Nico, el Dani, el Rodo. Además, contaríamos con la presencia de un verdadero “experto”, el Chuki, dueño del hasta ese momento único videoclub del barrio (yo al saber de tamaña presencia deseé que para pescar fuera, por lo menos, un poco más “experto” que para recomendar películas condicionadas, dado que la única recomendada por el “muñeco maldito” se había quedado trabada en los anuncios por el exceso de cinta scotch de algún videófilo descuidado que había pretendido arreglar la “peli”).

General Paz hasta Panamericana. Día de calor, de mucho calor. De ese que te hace agregarle úes al “mucho”. Debo recordar mi condición de “rellenito” para la fecha en la que se desarrolla mi relato, febrero del ´95. Y decir rellenito es decir riesgo, entre otras cosas, de irritaciones en los aductores e ingles, más familiarmente conocidas como “paspaduras”. Nunca algo más previsible. Pero no. Yo justamente ese día decidí ponerme el short menos aireado y cómodo que podía elegir.

Ya dispuestos a entrar en la  ruta camino al puente, que nos depositaría en la isla, mi entrepierna me hizo saber de mi elección desacertada. El paisaje monótono de pastizales y vacas, como manchas distantes la una de la otra, no lograban abstraerme de mi molestia. Menos aún podía olvidarme de ella con cada bocinazo y seña de luces que el Quique receptaba al mando de su 125 con la angustiada actitud del iniciado. Sí. Era el primer viaje del Quique por rutas argentinas. Y cómo se notaba. Los “doble piso” y los “doble acoplado” nos empezaban a hacer sentir el jamón de un sándwich rutero, mientras el Turco, erigido desde entonces como padrino de aquel verdadero viaje iniciático, pretendía a fuerza de gritos  y gestos (para nada alentadores) guiar al Quique en lo que ya era una verdadera Odisea. Nunca la madre del Quique sería más invocada que en aquella mañana de febrero. Pobre doña Angélica, que se había quedado rezando para que llegáramos bien (qué culpa podía tener ella de los proyectos de excursión que su hijo trazaba sin la debida experiencia).

Para las once estábamos cruzando el puente de Zárate. Los barcos, los botes, las lanchas y algún que otro “yatecito” hacían rebotar la luz de aquel sol que, solo a los efectos de este, mi relato, puedo calificar como “dorado” o “amigo”. Ya los devotos del culto angélico nos habían dejado atrás y nuestros pesares sobre la ruta parecían haber terminado. Pero no. Porque, ¿qué puede hacer más feliz en un domingo a un policía de la caminera que parar a dos carcachas atiborradas de “gurises” para pedir papeles tras el vocativo tan evidentemente burlón de “Señores…”? Al Quique le empezaron a caer gotas de sudor frío, tan frío como para exagerar diciendo que se le evaporaban sobre la frente. Ahora la madre invocada era la del turco, que, en virtud de un hipotético ejercicio de la venta de placer carnal, habría producido el descuido de su hijo, quien no le había hecho recordar al Quique que para manejar en ruta hay que tener los “papeles al día”. El Turco  no iba a perder la calma. Su experiencia como “barra” (según sus propios dichos, nunca “-brava”) lo habían pulido en el arte del mangazo y el escapismo a fuerza de excusas. “Dejame a mí”, le dijo entonces al Quique, mientras el agente de la caminera entrerriana lo secundaba a la oficina del jefe del operativo.

Los minutos se hacían largos, muy largos. La ruta exudaba todo tipo de aromas que, bajo la luz de aquel sol de febrero, recordaban más al Infierno de Dante que a algún chamamé de Tarragó Ros. El Turco aparecería, luego de unos quince o veinte minutos, pálido, con la boca entreabierta, como claro signo de la levantada en peso de la caminera, pero con la ansiada noticia de que podíamos irnos. El Turco no era de andar con mucho cambio encima (recordemos sus dotes para el garroneo), así que había que abonar la hipótesis del policía piadoso. Y seguimos viaje.

Fue para eso de las doce que entramos en un camping de pesca que tenía el pretencioso nombre de “El paraíso”. Para ese entonces yo, con mi entrepierna que clamaba por algún ungüento, ya bastante atormentado por haber aceptado la invitación de mis amigotes y, para colmo, ya hastiado de los chistes y bromas pornográficas clase “D” del Rodo, cifraba en aquel nombre al menos la esperanza de no sentir que mi domingo se había echado a perder.

Cinco pesitos, tan solo cinco, fueron suficientes para permitir nuestra entrada en aquel camping. El lugar era un verdadero remanso. Mucha sombra. Mucho fresco. Mucha quietud. Sobre todo en esa laguna a la que se podía acceder con cualquier tipo de embarcación pequeña que, claro está, nosotros no habíamos llevado. Esto no hubiera representado ningún impedimento de no ser por el cartel que junto a la laguna sentenciaba: “Solo para pezca en bote” (sí, con “Z”, y aún así el muy poco educado se atrevía a prohibirnos saciar nuestras ansias de sosiego y egocentrismo pesquero). Fue por eso que el viaje de casi tres horas finalmente nos dejaría frente a una zanja para nada cristalina y atestada de juncos. Sí. Ese sería el espejo de agua del que el Chuki y sus guiados intentarían sacar aunque más no fuera una ranita.

A esa altura de las circunstancias una lombriz como carnada se me figuraba una obscenidad digna los Luises. Y ahí iba el Rodo. Metiendo su velludas pantorrillas en el fango orillero. Arrojando la línea de pesca que, como ya resultaba esperable, terminaría enganchándose en los juncos y, por consiguiente, rompiéndose.

“¡Oh, no! ¡Eres un maldito novato!”, se le escuchó decir entonces al Chuki, que tomó decidido otra línea, que no solo terminaría también enganchada en los juncos, sino que, además se enredaría con la arrojada por el Rodo. El silencio sepulcral que sobrevino solo sería entrecortado por el vaivén de los paraísos (ah, por eso el nombre del camping) y el zumbido cada vez más fuerte de los mosquitos, quizá, los únicos seres vivientes que en aquel rincón del mundo, a esa hora, podían llamarse realmente “felices”. ¿Repelente? Claro, sí. Pero no. No había.

Las empanadas de jamón y queso que mi madre había preparado acabaron por ser el banquete de la tropa pesquera. Y es que el Turco había llevado una pata de cordero a la que pretendía “asar” con su garrafa de camping, sobre una sartén de teflón, de esas que se compran en reuniones.

Las descalificaciones el Turco – el Quique y el Quique – el Turco se multiplicaban exponencialmente y la espiral de violencia iba in crescendo. Solo mi desgarrador y doblemente irritado grito los devolvió a la reflexión. Eran para ese entonces las cinco de la tarde.

Calor, muchísimo calor (y con muchas íes), pero resultaba imperativo el regreso. El lunes había que ir a trabajar y vender zapatos en La Recoleta, como si acabara de desmontar un overo, podía significarme una experiencia aún más nefasta.

La vuelta sería muy silenciosa. Como si la trunca excursión de pesca escondiera entre sus innumerables vericuetos algún vaticinio de final. No el final de un viaje, sino el final de una amistad. En el silencio del 125, saqué de mi mochila el libro de Manucho que mi novia me había regalado. Y pensando en los “gallegos” expedicionarios del fuerte de Buenos Aires que se sacaban el hambre con el brazo de algún ahorcado, a la espera de que el malón los hiciera perecer, me dije: ¡Cuánto nos habríamos evitado si ante la promesa de la gran aventura, en un rapto de sana incredulidad, hubiéramos respondido simplemente ‘NO’!”.

Y sonreí.

Una respuesta to “Sí, pero no, de Fisher”

  1. Muy divertido. Me gustó la fluidez narrativa.
    Moraleja: No digas sí cuando quieras decir, no.

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